Desde el miedo a volar hasta la custodia de los cuervos en la Torre de Londres, exploramos cómo rituales y supersticiones personales e institucionales brindan una sensación de control en situaciones de incertidumbre.
Es común escuchar que heredamos ciertos miedos de nuestros padres, de manera similar a como heredamos rasgos físicos. Una persona puede definir su aracnofobia como un legado materno, así como también haber adoptado, en algún momento de la infancia, una aprensión a volar en avión. Este último temor, con los años y esfuerzo, puede transformarse en una serie de comportamientos racionales y protocolos minuciosos que permiten desenvolverse con funcionalidad, aunque sin placer, durante un vuelo.
Entre esos rituales de viajero frecuente, a veces se incluyen objetos cargados de significado personal. Un ejemplo es guardar en el sobre de viaje un rosario plástico verde, no por una religiosidad profunda, sino como un talismán vinculado a un evento familiar positivo. La pérdida temporal de este objeto antes de un vuelo puede generar una inquietud inesperada, planteando preguntas sobre la delgada línea entre la superstición y la fe.
Este fenómeno de buscar apoyo en símbolos o rituales no es exclusivamente personal. Un caso emblemático es la tradición de mantener al menos seis cuervos en la Torre de Londres. La creencia, que algunos sitúan en la época del rey Carlos II en el siglo XVII, sostiene que si estas aves abandonan la fortaleza, la Torre se derrumbará y con ella el reino. Más allá de su origen, la superstición se ha institucionalizado con precisión británica.
Hoy, un «Maestro de Cuervos» (Ravenmaster) se encarga del cuidado, alimentación y registro de las aves, que incluso tienen nombres. La desaparición en 2021 de Merlina, uno de los cuervos, generó preocupación, pero la presencia de aves de reserva permitió mantener el número requerido. El protocolo asegura la continuidad de una tradición que, en el fondo, protege la idea de que el orden puede depender de algo aparentemente frágil.
Finalmente, ante la pérdida de un talismán personal, la solución puede ser tan simple como reemplazarlo por otro objeto que cumpla la misma función simbólica, demostrando que, en ocasiones, tanto las personas como las instituciones necesitan creer que algo vela por su destino.
