Un recorrido por la ciudad japonesa que sufrió el primer ataque nuclear de la historia, donde la paz de sus parques contrasta con el recuerdo imborrable de la tragedia.
La ciudad japonesa de Hiroshima, escenario del primer bombardeo atómico de la historia el 6 de agosto de 1945, combina hoy una profunda memoria histórica con la serenidad de sus paisajes. En temporada de floración de los cerezos, o sakura, la ciudad muestra un rostro amable, con parques donde grupos de personas realizan el tradicional hanami para contemplar las flores.
Sin embargo, el pasado está siempre presente. En una calle anónima, una inscripción marca el punto exacto sobre el que explotó la bomba a las 8:15 de aquella mañana. El Parque Memorial de la Paz y su museo son el corazón del recuerdo. Allí, el recorrido expone, con un guion curatorial contenido, las consecuencias del ataque: desde los dibujos que muestran a sobrevivientes bebiendo una lluvia negra y radioactiva, hasta el Montículo Memorial que guarda los restos de unas 70.000 víctimas no identificadas.
El río Motoyasu, cuyas aguas ardieron ese día, fluye ahora tranquilo junto a numerosas fuentes, erigidas, según explican los guías, «para que las almas de los que agonizaron puedan beber». Entre los monumentos, destaca el Cenotafio en honor a las Víctimas, que lleva una inscripción que resume un anhelo universal: «Descansen en paz. No repetiremos el error».
La experiencia de visitar Hiroshima confronta al visitante con el peso de una tragedia histórica, la liviandad con que a veces se invoca el poder nuclear y la inevitable distancia ante el sufrimiento ajeno, todo ello enmarcado en una ciudad que ha elegido la paz y el recuerdo como pilares de su identidad.
