Un repaso íntimo sobre cómo los objetos heredados conectan con la memoria familiar y emocional, más allá de su uso cotidiano.
Nunca vi a mi abuela paterna usar el samovar que hoy luce sobre una mesa de apoyo en mi comedor. No es de esos con muchas filigranas o cincelados sino uno, en apariencia, de uso diario, con letras del alfabeto cirílico grabadas en su base. Ese samovar estuvo guardado en un placard durante mi infancia y lo rescaté cuando levantamos la casa de mis abuelos. No me habla de un pasado familiar que haya vivido, pero sí de una genealogía, de una historia de continentes, de aquella Rusia de la que huían a estas costas en la que el agua se calienta no en un samovar sino en una pava. Soy fruto de esa historia, por eso la cuido.
Mi papá murió hace trece años. No me quedé con demasiadas cosas de él pero sí con algunas que atesoro. Una máquina de calcular de esas que tienen rollito de papel —él siempre decía que servía para verificar las cifras que se habían tipeado— y dos pullovers. Los uso cada invierno, pero poco: quiero que duren. No voy a decir que guardan su aroma porque sería, ya, pura fantasía. Sin embargo me gusta sentir esa ropa sobre mi piel. Quizás sea una simple añoranza o una forma de tener cierto imposible contacto físico. Saber que era suyo, que lo usaba, da una sensación de inmediatez que acerca los recuerdos.
A mi mamá no le entusiasmaba mucho cocinar. Lo hacía cuando había reuniones o fiestas (y bastante bien), pero sin esa pasión por los fuegos. Sí le gustaba poner “linda” la mesa para algún aniversario o reencuentro. ¿Habrá sido por eso que cuando hay una celebración uso sus fuentes, sus copas? La mesa, entonces, muestra la otra cara de la luna: eso que se intuye, pero no se ve. Ganas de estar juntos, de que los pequeños gestos de belleza reflejen un placentero clima familiar (no siempre se logra, pero se intenta, ¿no?).
Somos sentimiento y recuerdo. También personas de carne y hueso. La relación entre lo que se esfuma y lo que se toca es constante. Enlazados nos hablan de lo que fuimos, pero también de lo que seremos: estos pequeños ritos no los conservamos sólo por nosotros sino también por nuestros hijos. Y por los que vendrán.
