Se enamoró de Montevideo, llegó sin saber qué hacer y un rasgo argentino la destacó: “Hay algo que les juega en contra”

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Hace veinte años, Irene dejó Argentina sin un plan claro. Hoy, desde Montevideo, analiza las diferencias culturales entre ambos países y destaca un rasgo argentino que, según ella, puede ser una ventaja o un obstáculo.

Hace dos décadas, cuando Irene dejó Argentina, no sabía lo que estaba buscando. En Rosario, a sus 22 años, había comenzado a trabajar como recepcionista en una importante concesionaria, donde ya la habían asignado para cubrir tareas de gestión de calidad y las perspectivas de crecimiento eran evidentes. Estaba en cuarto año de la facultad, y en paralelo a sus estudios, desde el inicio había optado por empleos en grandes empresas, que pudieran garantizarle posibilidades de ascenso: “Pero, en realidad, no sabía lo que quería. ¿Alguien lo sabe a los 22 años?”.

En sus días de vacaciones, Irene solía elegir las costas uruguayas como su destino. Le fascinaban su belleza y tranquilidad, y se imaginaba viviendo allí, aunque sea para darle un puntapié a una vida más nómade, sin tener en cuenta varios factores, como el hecho de que todo se ve más lindo de vacaciones, o que para encarar una vida nómade lo preferible es contar con, por lo menos, un buen colchón de ahorro. “En mi mente era como irme de eternas vacaciones a Punta del Este, pero cuando me fui finalmente a vivir a Montevideo, fue como darme contra una pared. Montevideo en invierno no es Carnaval en Punta del Este, pero esa era mi idea a mis 22 años”.

“Nadie entendió nada cuando anuncié que me iba a vivir a Uruguay”, confiesa Irene. “Ahí no tenía ni amigos, ni un novio. No sé que me pasó por la cabeza. Creo que tenía esa idea de comenzar una vida viajera, sin saber que en Uruguay y a esa edad, tu capacidad de ahorro es nula. Así ahí me quedé”.

La pregunta surgió apenas pisó el suelo uruguayo sin ser turista. A pesar de las dudas, sus padres, que la habían criado muy libre, confiaban en ella tanto como lo hacía ella en sí misma; Irene, una persona que siempre construyó su propio presente y futuro sin depender de nadie, tenía la certeza de que, pase lo que pase, todo iba a salir bien.

A través de “El gallito”, una sección de avisos de El País, la joven halló una habitación en una casa compartida. Se fue a vivir con tres chicas que se transformaron en hermanas, con las que sigue en contacto hasta el día de hoy. Y, tras seis meses, se trasladó a un espacio más privado. Pero había algo crucial que jugó a su favor: estaba enamorada del lugar. Durante los primeros meses la felicidad la embriagó por completo, le parecía increíble estar viviendo en Montevideo y cada paseo era como estar en un paraíso. “Me parecía el mejor lugar del mundo, no le encontraba un defecto, hacía un frío de morirse, una humedad espantosa y yo decía ¡qué bello el invierno! Paseaba por los lugares más horribles y me parecían hermosos”.

Los tiempos de enamoramiento dieron paso a la caída de algunos velos. En un comienzo, Irene consiguió trabajo en un shopping, y casi de inmediato, le llamó la atención que los fines de semanas y feriados fueran algo al extremo sagrados. Acostumbrada a estar dispuesta sábados, domingos o feriados, observaba como la mayoría a su alrededor imponía una fuerte resistencia a ceder su tiempo en aquellos días de descanso que ella estaba dispuesta a cubrir. Más adelante encontró un empleo mejor pago, con otra dinámica laboral, pero con colegas con los límites bien claros en relación a la carga laboral. Ella, en cambio, se quedaba 15 minutos más y eso empezó a marcar una diferencia.

Si bien entendía el costado positivo de esa actitud rígida, en otros órdenes de la vida le resultó una falla. “En cosas más importantes, como el hecho de tener un escape de gas en tu casa o un caño roto, esta resistencia en mi opinión puede ser negativa, porque suelen ser muy inflexibles, no vienen fines de semana, cuando también pasan cosas. No sé, yo venía de estar más acostumbrada a que haya cosas que se puedan resolver un sábado”.

“Otra cosa llamativa es la cuestión que tienen con el ateísmo, algo de lo que se enorgullecen mucho, la separación de la Iglesia y el Estado, y que el Estado sea claramente ateo. Es muy poca la gente religiosa, los católicos son una rareza y nadie entiende de qué estás hablando cuando usás términos de esta religión, al menos que estés en un nicho muy particular. Y, en lo personal, creo que ese ateísmo tan marcado tiene sus contras, porque se puede sentir ese pueblo que no cree en nada, y siento que eso puede afectar el vínculo con el deseo, y con el hecho de tener una figura más grande que te haga sentir protegido. No sé, para mí no está tan bueno no creer en nada, y eso, a su vez, los hace entonces sí demasiado apegados al Estado. Tienen, en consecuencia, también una tasa muy alta de empleados públicos y ese tipo de trabajo es el de mayor aspiración”.

“Por supuesto, uno se siente muy cuidado por el Estado uruguayo, que está tan presente, con controles, radares, reglas”, continúa Irene. “Pero, por otro lado, la oda al Estado, que vino a reemplazar la fe, lo ha vuelto un país ridículamente burocrático, con infinitas trabas, trámites que no se pueden hacer online y pasamanos de sellos para cosas simples”. Los velos cayeron, el tiempo pasó y la experiencia de Irene dejó una reflexión sobre el choque cultural y el rasgo argentino de la flexibilidad laboral que, en Uruguay, a veces juega en contra.

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