El error más común de los padres cuando un niño no quiere compartir

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Especialistas explican por qué la negativa a compartir en la infancia no es egoísmo, sino parte del desarrollo evolutivo, y advierten sobre cómo intervenir de manera adecuada.

Hablar de chicos que “no quieren compartir” suele generar preocupación en muchas familias y docentes. ¿Es egoísmo? ¿Hay que corregirlo o forma parte del desarrollo? Lejos de ser una señal de alarma, especialistas sostienen que esta conducta se explica por procesos propios de la infancia.

“Que un niño no quiera compartir sus cosas no debe ser interpretado de manera automática como una conducta problemática o como un rasgo de egoísmo. En la gran mayoría de los casos, se trata de una manifestación esperable y necesaria dentro del desarrollo evolutivo”, sostienen Mariana Fernández y Carina Schwindt, psicólogas y neuropsicólogas.

Durante los primeros años de vida, los chicos atraviesan un proceso central: la construcción del “yo”, la autonomía y el sentido de propiedad. En ese marco, la aparición del “es mío” cumple una función clave. “Cuando un niño dice ‘es mío’, no está rechazando al otro, sino afirmándose a sí mismo”, explican las expertas.

La dificultad para compartir no responde a una decisión consciente ni a falta de valores, sino a las posibilidades reales del desarrollo en ese momento. “Su cerebro todavía no cuenta con las herramientas necesarias para integrar esa demanda”, agregan. Y señalan que solo sería un aspecto a observar con mayor detenimiento si esta dificultad se sostiene más allá de ciertas edades o aparece junto a otras señales, como dificultades en la interacción social, en el juego compartido, en la comunicación o en la regulación emocional.

Durante la primera infancia, el niño organiza su mundo en función de sus propias necesidades, deseos y percepciones. Este modo de funcionamiento no solo es normal, sino necesario para construir habilidades más complejas, como la empatía, la cooperación y el intercambio social. “Recién con el crecimiento y la maduración cerebral, el niño comienza a integrar que existen otros con deseos propios. Este proceso no es automático ni homogéneo, sino gradual”, indican.

Por eso, antes de los 3 años, no se espera que un niño comparta de manera genuina: puede prestar si un adulto interviene, pero no desde una comprensión real del otro. Entre los 3 y 5 años, la conducta empieza a emerger de manera inestable. “El niño puede alternar momentos en los que logra prestar o esperar turnos, con otros en los que le resulta muy difícil hacerlo”. Recién a partir de los 5 o 6 años, con mayor desarrollo del lenguaje y la empatía, el niño ya puede anticipar que el objeto le será devuelto, negociar, esperar y comprender mejor la perspectiva del otro.

En cambio, si la negativa a compartir se mantiene de forma rígida más allá de los 6 o 7 años, esto puede ser una señal para prestar atención. “En esos casos, no se trata de etiquetar la conducta, sino de comprender qué procesos del desarrollo pueden estar necesitando acompañamiento”, afirman.

Las psicólogas señalan que insistir o forzar a un niño a prestar sus cosas no es la mejor estrategia: “Compartir no debe ser una obligación, sino un aprendizaje que se construye con el tiempo”. En edades tempranas, donde el sentido de pertenencia y el egocentrismo forman parte del desarrollo, imponer el compartir puede resultar contraproducente. “El mensaje que puede recibir el niño es que sus límites no son válidos o que debe ceder para agradar a otros”.

Además, lejos de favorecer la empatía y la generosidad, este tipo de intervenciones puede generar el efecto contrario, como frustración, inseguridad e incluso más resistencia a prestar sus cosas en el futuro. “Cuando un niño se siente respetado en su ‘no’, es mucho más probable que con el tiempo pueda compartir desde el deseo y la empatía real”, aseguran.

En ese sentido, el acompañamiento adulto puede hacer la diferencia. Una de las estrategias es anticipar la situación —por ejemplo, llevar un objeto pensado para compartir— o simplemente preguntar, sin obligar. También se pueden proponer acuerdos simples que introduzcan la lógica del turno. “Jugás un ratito vos y después, si querés, se lo prestamos”. Para las expertas, acompañar con opciones y sin presión facilita el aprendizaje. “Cuando bajamos esa exigencia, todo fluye mejor. Compartir no se construye a la fuerza: es un valor que se enseña y, como todo aprendizaje, lleva tiempo”, concluyen.

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