Un recorrido por los museos desaparecidos en las últimas décadas, víctimas de incendios, guerras, crisis económicas y el paso del tiempo. La fragilidad de estas instituciones queda al descubierto en un análisis que recorre desde colecciones de historia natural hasta pequeños museos de provincia.
En los últimos treinta años, la historia de los museos ha estado marcada por la destrucción y la pérdida. Detrás de grandes y pequeños museos, metropolitanos y de provincia, su destino ha estado gobernado por contingencias imprevisibles: incendios intencionales o espontáneos, crisis políticas, guerras, inundaciones, robos y plagas. Estos agentes destructivos, sin embargo, suelen quedar ocultos tras la imagen de permanencia que proyectan estas instituciones.
Como señala el estadounidense Peter Miller, «el esfuerzo por conservar las cosas en medio del cambio es parte de la lucha humana con la naturaleza de la materia», que está destinada a ser consumida por el tiempo y los elementos. Los museos y sus colecciones de historia natural luchan contra la naturaleza, pero sin dinero ni conservantes están siempre al borde del riesgo. Su futuro depende de los presupuestos destinados a enfrentar desastres catastróficos y los procesos lentos de descomposición.
La historiadora italiana Adalgisa Lugli llamó la atención en 1983 sobre el carácter perecedero de las colecciones, caracterizándolos como vehículos efímeros, «corroídos por una fragilidad patética, expuestos a la dispersión, al movimiento continuo que desplaza los objetos». La fragilidad de los museos ha sido también objeto de reflexión en las artes visuales, como en la película Francofonia de Aleksandr Sokúrov, y en instalaciones que exploran el poder destructivo y creativo del agua ante el cambio climático.
Algunos museos, como el Etnográfico de Neuchâtel, intentan ir contra la idea de permanencia. En este contexto, los museos de historia natural se convirtieron en metáfora de un arca capaz de transportar la diversidad biológica hacia el futuro. Esta comparación, acuñada durante la Guerra Fría, les otorga una misión que oscurece su carácter perecedero. El arca, como símbolo de salvación terrenal, fue un tema recurrente en la ciencia ficción y en el imaginario de la Unión Soviética, donde se apeló a la iconografía judeocristiana, incluyendo la paloma con una rama de olivo.
A pesar de ello, el número de museos de historia natural destruidos o desmantelados durante o después de la Segunda Guerra Mundial es abundante. Sus historias no están contadas o aparecen como casos locales desconectados. Los bombardeos aéreos destruyeron numerosos edificios, no por su relevancia sino por su proximidad a estaciones de tren u otras infraestructuras clave. Las colecciones de arte encontraron refugio fuera de las ciudades, pero los especímenes de historia natural se quemaron o volaron por el aire con las bombas. Así, el Museo de Historia Natural de Hamburgo, inaugurado en el siglo XIX, fue devastado por un incendio en 1943 durante un bombardeo aliado, perdiendo gran parte de sus colecciones.
