El 26 de junio de 2011 quedó grabado como la fecha más determinante en la historia contemporánea de River Plate. Aquella tarde de invierno, el club con más títulos locales en Argentina perdió su lugar en la máxima categoría frente a Belgrano, tras empatar un gol a uno en el Estadio Monumental.
La debacle no fue un evento aislado, sino la culminación de un proceso de deterioro institucional que comenzó años atrás. La gestión de José María Aguilar dejó un club debilitado financieramente, mientras que la presidencia de Daniel Passarella no logró revertir el rumbo futbolístico crítico.
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El sistema de promedios, diseñado originalmente para proteger a los equipos grandes, terminó siendo la trampa mortal para la institución de Núñez. Tres temporadas de rendimientos irregulares y campañas mediocres arrastraron al equipo hacia la zona de riesgo ante la mirada de sus socios.
En el libro “La caída de River”, de Diego Borinsky y otros autores, se detalla cómo la soberbia dirigencial y la falta de refuerzos de jerarquía minaron las posibilidades de salvación. El equipo dependía de juveniles con gran proyección pero escasa experiencia para afrontar situaciones límite.
El torneo Clausura 2011 mostró síntomas de un desenlace fatal desde las primeras fechas. Pese a contar con figuras como Juan José López en el banco de suplentes, River no pudo sumar los puntos necesarios para evitar la Promoción, cayendo en un pozo anímico que pareció no tener retorno.
El impacto de la Promoción 2011 y el ascenso de Belgrano de Córdoba
El partido de ida en Córdoba fue un golpe psicológico devastador para el plantel millonario. Belgrano aprovechó la localía y se impuso por 2 a 0, en un encuentro recordado por la invasión de hinchas visitantes al campo de juego, lo que evidenció el descontrol total de la situación.
La vuelta en el Monumental comenzó con esperanza gracias al gol temprano de Mariano Pavone. Sin embargo, el equipo cordobés mantuvo el orden táctico y Guillermo Farré aprovechó un error defensivo para empatar el marcador, silenciando a los más de 60 mil espectadores presentes.
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El penal fallado por Pavone minutos después del empate visitante terminó de sellar el destino del club. La presión del entorno y la tensión acumulada pesaron más que la historia. River Plate, gigante del fútbol sudamericano, se encontraba a un paso del abismo competitivo nacional.
Las consecuencias inmediatas fueron desastrosas: incidentes dentro y fuera del estadio, destrozos en las instalaciones y una sensación de incredulidad colectiva. El árbitro Sergio Pezzotta debió suspender el encuentro antes del pitazo final debido a la falta de garantías de seguridad.
Para las finanzas de la institución, el descenso representó una pérdida de ingresos millonaria en concepto de derechos de televisión y patrocinios. Marcas líderes renegociaron contratos a la baja, mientras que la cuota social se convirtió en el principal sostén para afrontar las deudas.
El impacto deportivo obligó a una reestructuración profunda del plantel profesional. Jugadores identificados con la historia del club, como Fernando Cavenaghi y Alejandro Domínguez, decidieron regresar desde el exterior para disputar la Segunda División sin cobrar salarios elevados.
Matías Almeyda, quien se retiró como futbolista tras el partido contra Belgrano, asumió inmediatamente el cargo de director técnico. Su desafío era navegar en una categoría desconocida, donde la fricción física y los campos de juego difíciles suelen nivelar las jerarquías de los equipos.
La travesía por la Primera B Nacional duró exactamente 363 días. Durante ese año, River Plate llenó estadios en todo el país, generando una movilización popular sin precedentes para la categoría. El club debió adaptarse a una realidad de viajes largos y planteos tácticos cerrados.
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El ascenso se concretó el 23 de junio de 2012, tras vencer a Almirante Brown con dos goles de David Trezeguet. Este hito cerró el capítulo más oscuro del club, permitiendo iniciar una etapa de refundación que años más tarde derivaría en una de las eras más ganadoras de su historia.
Desde lo institucional, el descenso de 2011 funcionó como una advertencia para todo el fútbol argentino sobre los riesgos de la mala praxis administrativa. Ningún escudo ni palmarés resultó suficiente para compensar años de desidia y deudas acumuladas en el balance contable.
A nivel mediático, el evento fue cubierto por diarios de todo el mundo, desde L’Équipe hasta La Gazzetta dello Sport. La noticia de que River perdía la categoría fue comparada con tragedias deportivas de otros grandes equipos a nivel global en Europa.
El historiador Rodrigo Daskal, en sus investigaciones sobre sociología del deporte, subraya que este suceso modificó la identidad del hincha de River. La fidelidad demostrada en la adversidad transformó la percepción externa de una parcialidad históricamente tildada de exigente.
En términos de competencia, el torneo de la B Nacional 2011/2012 es recordado como uno de los más competitivos. Equipos como Instituto de Córdoba, Rosario Central y Quilmes lucharon hasta la última fecha, obligando a River a mantener un nivel de concentración alto para subir.
Finalmente, el descenso de River Plate permanece en la memoria como el punto de inflexión definitivo del fútbol moderno en Argentina. Un recordatorio constante de que la estabilidad económica y la planificación deportiva son los únicos pilares que sostienen a las grandes potencias.
